El último coto
La dehesa madrileña me ha regalado la ida y la vuelta al cielo. Evocando a Delibes, dirección Oviedo, astas de ciervo se recortan en la línea de luces y sombras, atardecer de noviembre, lejos de casa. Topología incierta. Camino del verde distante y la niebla silenciosa. De vuelta al norte atravieso paisajes tibios con heridas de hormigón y parpadeos de túnel. La humedad cristalina vuelve a instalarse en mi piel mediterránea, cada vez más pálida, tenazmente entrenada en la idealización.
No sirve tenerte
Los pasillos del aulario recogían sus pasos.
Tras la danza
Ojalá fuera eterna para besarte,
La sombra gris de tus ojos
El cielo cambia cada vez que lo miro
Mariposa casi no puede volar. Será el calor que está por venir. Se siente como cuando era una pesada oruga, todo el día deglutiendo, hoja va, hoja viene, engordando y creciendo cada día unos milímetros más (ni que le fuera su vida en ello), aprovechando el jugo de cualquier brote tierno. Eso sí, entonces comía muy bien, y se sentía feliz de ser la más turgente de las orugas.